La espectacularidad de la luz precisamente viene de la oscuridad. Cuando Johan pensó que estaba perdido en ese inmenso llano de tierra negra, sus temores se fueron disipando a tal punto de sentirse bien, seguro de si mismo en aquella noche nublada. Comprendió además como ante cualquier hecho que te lleva a la desesperación, que su luz se fue para no volver. Y murió. Murió pleno, feliz de haberse desengañado que solo en la luz está la salvación. Sin querer y solo por vencer el miedo a no sentir, la noche también se enarboló. Pues al otro lado del mundo, en diferentes hemisferios y horarios, un hombre nuevo nacía, directo del rayo y del fuego, de la oscuridad que vive en la naturaleza y solo por transformarse lo hace en luz. Así nació, como nacen las más grandes catástrofes.
En el Perú se esperaba dos catástrofes: una política y otra social de índole climatológico. La primera se evidenció con el triunfo de la candidata Keiko Fujimori, hija de unos de los dictadores más corruptos de la historia peruana. El legado de Fujimori sigue haciendo daño al país hasta el sol de hoy, y son muy pocos los escritores nacionales que se embarcaron en una crítica por lo menos justa para devolverle al país un poco de dignidad, sin dejar de lado la democracia. Las otras catástrofes fueron anunciadas hace años: el fenómeno del niño (ahora recién lo vemos en desmedro de quienes lo padecen), y pocos escritores peruanos ― tocados o no por la collera de la argolla literaria limeña ― hablan del tema, o porque no les interesa, o porque lo que viene de provincia no es digno de sus letras, de su tiempo y de su alcurnia literaria forrada con oropel. Por último hay una catástrofe que será irreversible, aun siendo incierta Lima tiene un silencio telúrico de decen...
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