La espectacularidad de la luz precisamente viene de la oscuridad. Cuando Johan pensó que estaba perdido en ese inmenso llano de tierra negra, sus temores se fueron disipando a tal punto de sentirse bien, seguro de si mismo en aquella noche nublada. Comprendió además como ante cualquier hecho que te lleva a la desesperación, que su luz se fue para no volver. Y murió. Murió pleno, feliz de haberse desengañado que solo en la luz está la salvación. Sin querer y solo por vencer el miedo a no sentir, la noche también se enarboló. Pues al otro lado del mundo, en diferentes hemisferios y horarios, un hombre nuevo nacía, directo del rayo y del fuego, de la oscuridad que vive en la naturaleza y solo por transformarse lo hace en luz. Así nació, como nacen las más grandes catástrofes.
A Manuel Nieves lo precedía un misterio antes que su perfume. Nadie en el box sabía exactamente de qué trabajaba ni por qué, incluso a las nueve de la mañana, cuando llegaba después de sus dos horas de entrenamiento, parecía recién salido de una sesión de fotos y no de una batalla con el saco. Entraba siempre con paso decidido, la ropa impecable: zapatillas limpias como promesa nueva, camiseta que combinaba con el short como si hubiera sido elegida por un director de arte obsesivo, y ese reloj negro que brillaba apenas, como si midiera otra clase de tiempo. —Profesor —decía Manuel, alzando la mano con una seriedad casi parlamentaria—, ¿puede repetir el movimiento? Lo preguntaba todo. Absolutamente todo. Sus compañeros, muchos más jóvenes, empezaron a notarlo. No solo por la ropa, ni por la forma en que fruncía el ceño cuando veía una mancha en el piso. Era otra cosa. Manuel tenía una intensidad que no cabía del todo en el ring. Golpeaba con furia elegante, como si cada puñeta...
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