Escuché el grito de mi madre. Me desperté de golpe, con el pecho encogido y la respiración entrecortada. La enfermera encendió la luz y, con voz grave, me dijo: “Es tu papá”. Salté de la cama y corrí hacia la habitación. Mi hermana hizo lo mismo, con el rostro desencajado, los ojos desorbitados. En los ojos de mi madre vi algo que no había visto nunca, un espejo en el que se reflejaba la muerte. Dos días antes, nos habían diagnosticado COVID-19: mi hermana, su esposo, mamá, papá y yo. Regresemos a esa madrugada. Una voz rasgó la calma de nuestra casa de campo. Una voz que pedía auxilio, una voz que quebró la noche. Mi madre lloraba. Juntaba las manos, quizás implorando, quizás temblando. En ese momento, el tiempo se volvió líquido. Lo que viví después fue una tormenta de emociones: amor, paciencia, terror, gratitud. Dacio llegó a mi vida cuando yo tenía seis años. El primer libro que me regaló fue La isla del tesoro. Aquel hombre que visitaba a mi madre en casa de mi abuela, aquel homb...
“Carta a mí mismo desde el corazón de un niño (1985 - 2025)” Querido señor Manuel Nieves: No sé cómo empezar esta carta que viaja a través de más de cuatro décadas, pero siento que tenía que escribirte. Soy tú, sí, pero en miniatura. En esta versión mía aún con los zapatos llenos de tierra, los bolsillos con canicas, y el corazón lleno de preguntas sin respuesta. Hoy amanecí con la certeza de que tú existes, allá lejos, en el año 2025. Y me pregunto si sigues escuchando la lluvia como si fuera una canción, si aún te emocionan las luciérnagas, si todavía te tiemblan las manos cuando escribes algo que te sale del alma. ¿O ya te acostumbraste a los días sin magia? A veces tengo miedo. Miedo de que la tristeza que a veces me visita se haya quedado a vivir contigo. Miedo de que hayas aprendido a callarte las lágrimas, a esconder la risa, a mirar al suelo en vez del cielo. Pero también tengo esperanza. Espero que hayas aprendido a abrazarte fuerte en las noches frías, a sostener tu voz cuand...