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EL MISTERIO DE MANUEL

 A Manuel Nieves lo precedía un misterio antes que su perfume.

Nadie en el box sabía exactamente de qué trabajaba ni por qué, incluso a las nueve de la mañana, cuando llegaba después de sus dos horas de entrenamiento, parecía recién salido de una sesión de fotos y no de una batalla con el saco. Entraba siempre con paso decidido, la ropa impecable: zapatillas limpias como promesa nueva, camiseta que combinaba con el short como si hubiera sido elegida por un director de arte obsesivo, y ese reloj negro que brillaba apenas, como si midiera otra clase de tiempo.

—Profesor —decía Manuel, alzando la mano con una seriedad casi parlamentaria—, ¿puede repetir el movimiento?

Lo preguntaba todo. Absolutamente todo.

Sus compañeros, muchos más jóvenes, empezaron a notarlo. No solo por la ropa, ni por la forma en que fruncía el ceño cuando veía una mancha en el piso. Era otra cosa.

Manuel tenía una intensidad que no cabía del todo en el ring. Golpeaba con furia elegante, como si cada puñetazo estuviera firmado. Y luego, de pronto, se quedaba mirando al vacío, ridículamente distraído, como si hubiera olvidado por qué estaba ahí.

—Oe… —murmuró uno de los chicos de veintitantos—. Ese pata está en otra película.

El misterio se abrió una mañana de calor pegajoso.

Manuel entró, se detuvo en seco y su rostro se contrajo con visible escándalo.

—Profesor… —dijo, bajando la voz—. ¿Ese… sudor… en el piso… es reciente?

Hubo risas. Pero también curiosidad.

Porque Manuel no se reía.

Con los días, sus compañeros empezaron a notar el patrón. La pulcritud casi ceremonial. La forma en que observaba. La manera vehemente con la que entrenaba, como si cada sesión fuera una declaración pública. Y, sobre todo, esa costumbre de anotar cosas en su celular entre round y round.

—¿Qué escribes tanto, Manuel? —se atrevió a preguntarle uno.

Él levantó la mirada, y por primera vez sonrió con algo de complicidad.

—Estoy trabajando —dijo—. Siempre estoy trabajando. Fue entonces cuando lo entendieron.

No del todo… pero lo suficiente.

Manuel no solo entrenaba.

Manuel estaba mirando. Absorbiendo gestos. Sudores. Frases sueltas. Cuerpos en movimiento. 

La pequeña épica del box de barrio. Y mientras ellos lanzaban golpes al aire, él ya estaba convirtiéndolos en historia.

El misterio no era qué hacía Manuel allí.

El misterio era quién terminaría apareciendo en lo que Manuel estaba escribiendo. ;)

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