Escuché el grito de mi madre. Me desperté de golpe, con el pecho encogido y la respiración entrecortada. La enfermera encendió la luz y, con voz grave, me dijo: “Es tu papá”. Salté de la cama y corrí hacia la habitación. Mi hermana hizo lo mismo, con el rostro desencajado, los ojos desorbitados. En los ojos de mi madre vi algo que no había visto nunca, un espejo en el que se reflejaba la muerte. Dos días antes, nos habían diagnosticado COVID-19: mi hermana, su esposo, mamá, papá y yo.
Regresemos a esa madrugada. Una voz rasgó la calma de nuestra casa de campo. Una voz que pedía auxilio, una voz que quebró la noche. Mi madre lloraba. Juntaba las manos, quizás implorando, quizás temblando. En ese momento, el tiempo se volvió líquido. Lo que viví después fue una tormenta de emociones: amor, paciencia, terror, gratitud.
Dacio llegó a mi vida cuando yo tenía seis años. El primer libro que me regaló fue La isla del tesoro. Aquel hombre que visitaba a mi madre en casa de mi abuela, aquel hombre a parte de entregarme libros, me obsequiaba historias. Primero fue La Isla del Tesoro, luego El Principito, El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, Corazón. Yo era feliz al recibirlos. Era feliz con los dibujos, con la textura de las páginas. Era feliz porque me sentía diferente a mis amigos del barrio. Yo sabía leer, o al menos eso decía.
Lo que comenzó como visitas esporádicas pronto se volvió rutina. Hasta que, después de una larga charla con mi abuela, Dacio dejó de ser visita. Ya no salió más. Dos años después, se casaron. Dos años más tarde, nació mi hermana. Durante sus noventa y cuatro años, Dacio no fue solamente un padre. Fue un ángel guardián. Un hombre que supo, con ternura e inteligencia, llenar el vacío que dejó la ausencia de un padre.
Eran las cinco de la mañana cuando abrí la puerta. Lo que vi en el centro de la cama es una imagen que aún me persigue. Mi padre estaba empapado en sangre. La sangre le pintaba el cuerpo como un óleo carmesí, tiñendo las sábanas que caían hasta el piso. Antes de auxiliarlo, cerré la puerta. Cerré la puerta con fuerza. Cerré la puerta porque no quería que mi madre ni mi hermana vieran aquel horror.
Agarré los paquetes de toallitas húmedas que mi mamá apilaba en la habitación. Agarré algunos polos que estaban a la mano. Y comencé a limpiar. Limpié sin pensar. Limpié mientras el miedo me quemaba por dentro. Limpié mientras el dolor me estrujaba el corazón. Pero había algo más. Algo que no podía descifrar. Tal vez era gratitud. Tal vez era amor. Tal vez era todo lo que Dacio significaba para mí. Limpié su rostro. Limpié su cuello. Limpié sus hombros, sus brazos, su pecho. Limpié su abdomen. Mojaba y limpiaba. Mojaba y limpiaba, devolviéndole humanidad a su cuerpo.
Entre tanto llanto y desesperación, mi hermana hizo una llamada. Consiguió lo imposible: una ambulancia y una cama UCI, en el pico de la pandemia.
Limpié sus manos. Limpié sus dedos. Limpié sus uñas duras y cuidadas. Limpié su sexo. Limpié sus glúteos. Limpié sus muslos, sus piernas, sus pies. Lo dejé limpio. Lo dejé digno. Lo dejé como él merecía. Esa tarea pudo haberla hecho su enfermera. Pero no. Esa tarea la asumí yo. Mi padre estaba rígido, con los músculos cristalizados, en posición fetal. Dejé entrar a Elita, su enfermera. para ordenar la habitación, antes sedó a mi madre, que no podía soportar más.
Minutos después, llegó la ambulancia. Llegaron también mis tíos médicos, hermanos de mi mamá. Les pedí a los enfermeros que me ayudaran a cargarlo. Me dijeron que no podían. Lo entendí. Lo cargué yo. Lo cargué como si fuera un niño. Pesaba más de lo que imaginaba. Mi mamá y mi hermana le dieron un beso en la mejilla. Un beso que sabía a despedida. Lo coloqué en la camilla. Mis tíos me ayudaron a llevarlo hasta la ambulancia. Yo me subí también. Y, en silencio, le di el último adiós. Mi padre dormía. Dormía indiferente a todo. Miré a mis tíos. Sentí que no podía más. Sentí que mi corazón era una bolita de papel aluminio, arrugado, frágil, inservible.
Eran las seis de la mañana. Desde el cerro Escalera, el sol comenzaba a imponerse. Los rayos atravesaban la selva tarapotina. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida.A la una de la madrugada, recibí una llamada. Era mi tío. Su voz era firme, pero contenía una tristeza infinita: “Manuel, Dacio acaba de morir. Debes tener mucho cuidado al darle la noticia a tu mamá”.
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