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La loca, el Chullachaqui y franco, yo no sé qué tengo que ver en esta historia.

Dicen los que lo vieron que siempre anda cojeando, o que solo cojea con un pie. Era mediados de los setenta, uno que otro local nocturno se erguía como un bicho raro en esta hermosa ciudad. Second Life y Jumbo, eran las discotecas tarapotinas que de alguna u otra manera eran testigos oculares de amores que nacieron en la alborada, de aquellos besos insufribles que se daban sin abrir la boca; la música disco sonaba y resonaba, the Beatles causaban furor, pero eran pocas los hits que se conocían, mientras al otro lado del río, Los Tigres de la Banda de Shilcayo causaban furor con muchas de sus canciones.

Eran las siete de la noche, Carolina y Carlos se amaban, primero a besos en la boca, luego por debajo de oído, el no podía detener sus ímpetus, ella no podía tener abiertas sus piernas, sentía el pene erecto de su prometido, a él nada más le costó poner hacia un lado la parte delantera de la ropa interior de Caro, como la decían sus amigas, su madre, sus tías. Voy a misa mamá, dijo antes de salir aquella noche, pensaba en su excusa mientras se diluían en sus pasiones, su mentira y aquella represión sexual que a todos nos vuelve locos. En cada penetración brusca o suave, ella encontraba el placer, se acomodaba mejor, porque la noche no siempre es cómplice y las gotas de lluvia la delatarían de por vida que esa noche no se fue a misa.

Tarapoto era por aquel entonces una ciudad de un grupo de familias, con dos ríos hermosos, diáfanos y grandes, frescos como la brisa de las mañanas, verdes como el cerro escalera. La llamaban loca, sí, loca, porque tuvo el coraje de ser la primera presidenta de Damas de Tarapoto y tener también la osadía de aceptar que tenía por amante al Coronel del Ejército y que gracias a ella y a sus buenas artes amatorias se pavimentó la primera y segunda cuadra del céntrico jirón San Martín.

No lo podía creer, Carlos había desaparecido hace tres días y Carolina no sabía nada de él. ¿Había entregado a la persona equivocada su pureza?¿No vale jurar el nombre de Dios en vano? Dicen los útimos quienes lo vieron, fue aquella noche antes de la llovizna, volvía feliz y sonriente, camino a la Banda de Shilcayo, acompañado por un hombre que cojeaba y que silbaba melodías tristes. Algunos dicen que lo vieron en el Jumbo, con un hombre de simmilares características.

A los pocos días el cuerpo sin vida de Carlos fue encontrado en la orilla del río Shilcayo, era hijo de quien llamaban Loca y prometido de Carolina, una de las chicas más lindas del pueblo. La noticia se esparció por todos los pueblos vecinos y tuvo como réplica una aún peor, que no era un desconocido quien lo acompañó antes de su muerte, sino el Chullachaqui, una especie de duende que recorría y vivía en los poblados de la selva.

La loca lloró desconsoladamente en hombros de su coronel, éste le obsequió un lentes negro traído de Francia por doña Marylin. Hoy 27 de diciembre observé una menuda mujer que me parecía desvariar, se me acercó y me contó esta historia. Por ratos no me parecía que la imaginación había ganado terreno en su frágil memoria. Me dijo al final, yo de joven fui una puta y bien que gocé, sino fuera por mi no hubieran estas calles, porque en mis tiempos el Ejército hacía las obras y yo fui amante y amada por el Coronel. Me volví loca porque a mi hijo le robó el Chullachaqui. Adios Carlitos, me dijo sacándose los lentes oscuros. Adios señora Chinita, le dije sin perder en la memoria que las historias están hechas para contarlas y sobre todo para escribirlas.

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