Ir al contenido principal

Escritura y sociedad I

 

“La mano que escribió una página, construyó una ciudad.”

HERBERT MARSHALL MCLUHAN

 

Son las cuatro de la mañana, el frío que siento es solo una muestra del poder de decisión cuando se trata de escribir o plasmar lo que siento o simplemente para redondear una idea que estuve dándole vueltas un buen tiempo y después de tanto cavilar e investigar, tengo el valor, de publicar algo que podría incomodar. 

 

La incomodidad nace del desacuerdo, de la insatisfacción, de una mala lamida de pies, un felatio no concluido, un texto que cuestiona, un público que no aplaude, un amigo que encuentras después de años y apenas lo saludas extrañando los abrazos de antaño. La incomodidad también nace en la otra orilla de la historia, sin saber cuál es la correcta, hay personas que actúan desde sus emociones y se frustran, ven la vida de otra perspectiva y no encuentran el camino para expresarse y escriben como catarsis, como un desahogo recurrente al saber que su texto podría no ser leído y mucho menos comprendido. 

 

La composición de ideas son infinitas en el tiempo y en el espacio, por eso son necesarias escribirlas. La frase que encabeza este pequeño artículo es muy potente y la asocio directamente de cómo la escritura puede ser una herramienta para el cambio social, cómo algunos libros se escribieron para cambiar las sociedades de sus tiempos, aunque la idiosincrasia, la sociedad no les daba la bienvenida. 

 

Tal es el caso que tenemos autores que fueron maltratados por sus creaciones, sometidos a un Gueto, censurados en la plenitud de su ejercicio racional y en plenitud completa de todos sus sentidos. 

 

Un libro aparte de entretener, también debe cuestionar ya sea a la sociedad o a la persona como pilar fundamental de la última; en tal caso ser un libre pensador debe ir asociado con el talento para que ningune termine por eclipsar al otro. Para no salirnos del tema, un libro como tal, debe tener como objetivo o cimentar la sociedad o terminar por destruirla. Lo hizo Platón con sus Diálogos, Charles Darwin con El origen de las especies, Simone de Beauvoir con el Segundo sexo, James Joyce con Ulises, por contar solo con algunos. 

 

En el libro Hombres buenos de Arturo Pérez Reverte, se narra la historia de un puñado de hombres que se embarcan en una difícil travesía, recuperar una enciclopedia que podría cambiar la historia del mundo si en caso esta llegara a malas manos. Son así de explosivas las ideas que se plasman en un libro, detonan la mentalidad de quienes la leen y eso origina un cambio social, un cambio que va de a pocos, pero que se cimenta con el tiempo a través de la relación razón - autor – lector, que no es otra cosa que una relación tripartita, insoluble, indestructible a cualquier intento de no cambiar las nuevas formas o fondos que la sociedad exige como antiguo patrón de conducta social. 

 

Solo esperemos que Fahrenheit 451 de Ray Bradbury no sea un mal presagio de las futuras sociedades para desaparecer libros que le son molestos y que frenen el libre pensamiento, como lo cantaba Verdi en su ópera Aida: Vuela pensamiento sobre alas doradas. 

 

Continuará. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Último Adiós en la Selva Tarapotina.

Escuché el grito de mi madre. Me desperté de golpe, con el pecho encogido y la respiración entrecortada. La enfermera encendió la luz y, con voz grave, me dijo: “Es tu papá”. Salté de la cama y corrí hacia la habitación. Mi hermana hizo lo mismo, con el rostro desencajado, los ojos desorbitados. En los ojos de mi madre vi algo que no había visto nunca, un espejo en el que se reflejaba la muerte. Dos días antes, nos habían diagnosticado COVID-19: mi hermana, su esposo, mamá, papá y yo. Regresemos a esa madrugada. Una voz rasgó la calma de nuestra casa de campo. Una voz que pedía auxilio, una voz que quebró la noche. Mi madre lloraba. Juntaba las manos, quizás implorando, quizás temblando. En ese momento, el tiempo se volvió líquido. Lo que viví después fue una tormenta de emociones: amor, paciencia, terror, gratitud. Dacio llegó a mi vida cuando yo tenía seis años. El primer libro que me regaló fue La isla del tesoro. Aquel hombre que visitaba a mi madre en casa de mi abuela, aquel homb...

EL MISTERIO DE MANUEL

  A Manuel Nieves lo precedía un misterio antes que su perfume. Nadie en el box sabía exactamente de qué trabajaba ni por qué, incluso a las nueve de la mañana, cuando llegaba después de sus dos horas de entrenamiento, parecía recién salido de una sesión de fotos y no de una batalla con el saco. Entraba siempre con paso decidido, la ropa impecable: zapatillas limpias como promesa nueva, camiseta que combinaba con el short como si hubiera sido elegida por un director de arte obsesivo, y ese reloj negro que brillaba apenas, como si midiera otra clase de tiempo. —Profesor —decía Manuel, alzando la mano con una seriedad casi parlamentaria—, ¿puede repetir el movimiento? Lo preguntaba todo. Absolutamente todo. Sus compañeros, muchos más jóvenes, empezaron a notarlo. No solo por la ropa, ni por la forma en que fruncía el ceño cuando veía una mancha en el piso. Era otra cosa. Manuel tenía una intensidad que no cabía del todo en el ring. Golpeaba con furia elegante, como si cada puñeta...

Lo que no tolero y me hace libre.

Tengo un blog que casi nadie lee; sin embargo, me es indiferente si lo hacen o no. A veces, cuando pienso en si debo retirarlo de las redes, pesa más en mí el hecho de que algunas partes de mi vida se reflejan indirectamente en sus publicaciones.   Hace casi 20 años dejé de leer autoayuda, cuando investigué las novelas de Paulo Coelho y descubrí que es un vil recolector de historias ajenas. Aun así, la gente cree que es escritor. Pero bueno, gustos son gustos, y en la lectura hay niveles.   No quiero escribir ni de mi blog ni de Paulo Coelho. Quiero que este pequeño post —cuyas letras se deslizan a través de mis dedos y el teclado para formar palabras, luego frases y después párrafos— sea algo personal, una enumeración de cosas que detesto.   Me molesta Dina Boluarte, pero mi desprecio hacia Keiko ya no tiene límites. En general, me exaspera la clase política.   No me gusta usar WhatsApp; solo lo uso para situaciones personales o laborales puntuales, y con las person...