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Shibari

El lápiz que estaba buscando estaba sobre los cientos de lápices de la librería, me apresuré en recorrer los pocos metros que separaban de él. Es este le dije al profesor de arte, quien me acompañaba previo a la clase presencial de dibujo anatómico. Era uno común y corriente, pero para mí se hizo especial, una epifanía en plena librería de la avenida Larco. 

 

Era de color verde con letritas doradas extendidas en la longitud del lápiz, le coronaba un metal plateado que circulaba elegantemente al borrador blanco. Pagué por él y le pedí a Rodrigo que nos apurásemos para la clase. 

 

Coloqué mi lápiz en un lugar especial de la mochila, algún día valdrá mucho dinero, pensé. ¿Cambiamos de planes? Me dice él. No, le digo sin titubear. Quiero aprender a hacer las sombras de la iluminación tipo Rembrandt, le respondí mirándole a los ojos. 

 

Cambiamos de planes entonces, me volvió a decir, seguro de sí. ¿Pero tendremos la clase? Claro, vamos a la cochera por el carro y buscamos un hotel por acá cerca, uno que no cueste mucho, ahí te daré la clase ¿En un hotel? Claro, si no tienes inconvenientes. ¿No iremos a tu taller? No. Están trabajando doble turno para hacer unas máscaras de látex, es todo un alboroto. Ok, será pues. 

 

Eran las diez de la mañana, encontramos un hotel en una esquina de Tomás Marsano, solo para parejas. Él bajó a parte de su mochila una bolsa, donde imaginé estaban los materiales para la clase. Le dieron la llave de la habitación, caminamos hasta el ascensor y llegamos al pasadizo que nos llevaría a la habitación. 

 

Una vez en ella, él empezó a mostrarme en su tablet cuál era la iluminación tipo Rembrandt, vimos algunos ejemplos y me explicó la teoría, calmado, asegurándose que entienda, porque según él, era su mejor alumno. Las imágenes eran sobre hombres y mujeres atados con cuerdas. Es arte japonés me dijo, el shibari, usas cuerdas de fibra natural para atar personas y haces nudos de acuerdo a sus dolencias, luego ajustas los nudos poco a poco hasta que te vaya pasando el dolor ya sea articular o muscular ¿Qué te duele?

 

¿Tienes tus cosas listas? Me preguntó interrumpiendo la presentación que el mismo preparó. Claro, ahorita las saco. Quedé pensativo en mis dolores. Primero saqué la goma para borrar ¿por qué me duele siempre el cuello? Es por la tensión. Luego saqué mi franela para limpiar la viruta del lápiz. ¿trajiste sogas? Sí, ahorita las usamos. Al final saqué mi cuaderno de dibujo. ¿Ahorita? Claro, después que te enseñe a manejar bien el lápiz tipo 2B. Perfecto Rodrigo. 

 

Pon mucha atención en tu lápiz, he notado tu ilusión cuando lo compraste. ¿Qué fue? Nada, solo que sentí que ese lápiz es especial, es más, me pareció haber visto chispazos de futuro mientras lo compraba. Sácalo, también la cuchilla. Te repito, presta mucha atención en tu lápiz. 

 

Lo miré un poco timorato por su seguridad, aunque él siempre fue así, seguro, coqueto, caminando entre sus propios límites. Al final, es mi profesor y la relación era así. Rodrigo tenía métodos poco ortodoxos para enseñar, como llevarme en pleno invierno a la costa verde, antes del anochecer, solo para poder captar la luz de los carros que pasaban a toda velocidad o cuando nos juntó a todos sus alumnos a ver Star Wars exclusivamente para realizar su clase de encajes geométricos. Es un capo George Lucas, nos mencionó con su característica media sonrisa. 

 

Coge el lápiz, me dijo. Cógelo como si fuera lo más valioso de este mundo, trátalo con cariño, percibe su olor, tamaño, color. Coge la cuchilla, necesito una punta de un centímetro, así es que disfruta de talarlo, sin prisa, sintiendo, respirando profundo, introduciendo la cuchilla sin tocar el carbón. Hoy dibujaré yo. Solo quiero que hayas aprendido la técnica de sacar una buena punta y de la iluminación del tipo Rembrandt. 

 

Sacó de la bolsa varios manojos de sogas, parecían de cabuya, también algunas telas de seda y flores naturales que las dispuso en el velador. Tú serás mi modelo hoy. Solo lo miré, me sentí hipnotizado. Relájate, quítate la ropa ¿Toda? Sí, toda. Siéntate en el sillón de madera. Solo confía. 

 

El recato de exponer mi cuerpo desnudo siempre fue una barrera protectora inclusive para tener sexo con personas que poco a poco entraban en mi vida, aquella vieja historia que se cimentaba en mis prejuicios la vencí ese día. Con ciertos latidos fuertes del corazón, decidí hacerlo. 

 

Me desnudé y me senté en el viejo sillón de madera. Me vendó los ojos. ¿Tus dolores? En el cuello, media espalda y a veces en la cabeza, le confesé. Muy bien, respira profundo, relajado y lento. Imagínate a tu lápiz, es arma para salvarte, para pintar tu futuro. 

 

Empezó a atarme los pies, dando tres vueltas en el empeine, dos en la rodilla, tensando las sogas con un nudo y así con la otra pierna. Sí, para quienes dibujamos, el lápiz es el medio para construir nuevos mundos. Continuó con los nudos por mi abdomen. Párate por favor, con cuidado. Tenía tanta práctica en lo que hacía, que de pronto me tenía literalmente atado de pies y manos. Estás cómodo, me preguntó. Sí, le contesté un poco adormecido. Ahora tensaré las sogas y luego pasaré a tu cabeza. 

 

Me bastó mover un poco la cabeza para ver que cogió las flores. Me senté nuevamente y dejé que hiciera lo propio con las sogas en mi cabeza, lentamente me fui durmiendo. Lo último que recuerdo que cogió el cuaderno y el lápiz que horas antes me quitaba la emoción. 

 

Cuando desperté, mi cuerpo blandía sin dolores en el suave colchón. Él estaba sentado en la vieja silla de madera mirando la punta perfecta del lápiz Faber-Castell. Al costado, en un caballete estaba el dibujo en un cartón A2. El modelo estaba con el cuerpo atado, tenía en la cabeza un tocado de flores que cubría su rostro. Es arte, le dije. El arte eres tú, me respondió.

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