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El amor no mata. ¡Te apuesto!

Bueno, hace exactamente un año a tras estuve preparando una exposición para algunos representantes de la comunidad LGTBI de América Latina y el Caribe, no recuerdo bien el tema, pero el 2017 visité casi toda Latinoamérica compartiendo experiencias propias y también desde mi sitial de autoridad, lo cual resulta contraproducente  con tu labor de activista pro derechos a todo. En fin.
Resulta que hoy, estaba durmiendo y como siempre hasta en sueños sigo despierto, pensando en algunos libros, en reuniones, en amistades, en gente que dice quererte y a las finales es un mero formalismo, porque a la hora que ellos deciden buscar y vivir su felicidad te conviertes en una simple estadística, puesto que el dicho que reza, primero yo, después yo, y tercero yo, se convierte en unidireccional, que obviamente nos motiva a tratar la felicidad como una mercancía o un tesoro que debe ser conseguida; digo, pobre ilusos, la felicidad es un destello dentro de la oscuridad y no se busca, solo llega y se disfruta, y si se comparte mejor. 

He conocido en estos 40 años todo tipo de gente, les juro que no he encontrado mucha diferencia entre uno y otro, entre una y otra, somos tan comunes que creernos un unicornio no me hace otra cosa que pensar con seguridad que somos una gran población de burros compitiendo quien tiene las orejas más grandes. Obviamente no dedicaré ninguna línea a ellos, que creyéndose pendencieros y pendencieras pasan por encima de los demás, en este caso quiero que mi narrativa sea selecta, separando toda materia fecal de la nube de arcoíris en la que quiero estar. 

El mismo hecho de escribir alborota todo en mí, calma mis sueños, mis heridas, mis suspiros más profundos, me vuelvo un loco que desvaría letra a letra, hasta escribir cartas de amor que nunca llego a enviar o que se auto destruyen a tiempo, como una premonición de lo que podría significar en mí, un sufrimiento innecesario y vacío, porque más no sé, nunca tuve la valentía ni siquiera de preguntarme ¿qué pasó después con ellos al leer la carta? ¿la habrán entendido? y si la entendieron ¿la habrán asimilado? Pues no lo sé; he procurado terminar mis historias con una carta y siempre fue así, nunca me interesó el día después, ni tampoco busqué en cada caso, “el fueron felices para siempre”, precisamente porque ya no me cabe en la cabeza dar alguna mínima oportunidad, a quien sin duda no supo valorar (o no estaba preparado) la emoción y el sentimiento que en su momento (ya sea pequeño, corto o largo) se los entregué con manos limpias y el alma libre. 


Me es difícil hablar de la felicidad, aun no estoy en condiciones ni morales ni emocionales para hacerlo, es que en este mundo donde estamos hechos de dudas más que de certezas y solemos pisar en vacío y caer en las profundidades de la calamidad ajena, convirtiéndonos en unos exploradores de la nada, no nos podemos dar ese lujo; ese lujo de buscar la felicidad. Tengo la certeza que la felicidad está en nosotros mismos, así como hace un año, cuando me encontraba en el piso 14 del Hotel Barceló en Santo Domingo, mi habitación tenía una vista hermosa a la ciudad del Chivo, había terminado de estudiar mi exposición del día siguiente, y estaba decepcionado de lo que llamaba amor, pocos minutos contaban de haber terminado una carta de amor, la que nunca envíe. Claro que no morí, sigo vivito, deseándole bien a todo el mundo, y como ven, la vida siguió galopando, y con ella yo también avancé y ahora estoy en otro lugar del mundo, preparando una exposición para mi comunidad LGTBI, muy pocas cosas cambiaron, el mundo sigue igual y creo que yo, un poco más preparado y fuerte. Y feliz.

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